Anselmo Tobillolargo

anselmotobillolargo Cristina Macjus

Esta es la historia de Anselmo Tobillolargo, un gigante que no solo tenía tobillos largos. Para ser sinceros, los tobillos eran lo más corto que tenía en su largo cuerpo, pero pocos lo notaban, ya que la mayoría de los animales del monte apenas llegan a divisarlos.
Todos sabemos que la primera condición para ser gigante es nacer demasiado grande. Pero lo que algunos no saben es que ser gigante no es muy cómodo. No, señor. Como todas las cosas quedan un poco chicas, hay que usar constantemente el ingenio y esto es algo que agota. Por ejemplo, ¿cómo se las arreglaba Anselmo para hacer algo tan sencillo como tomarse la fiebre para saber si estaba enfermo? Tenía que salir de la selva, caminar hasta la ferretería y pedir prestado un termotanque.
La segunda condición para ser gigante es no pisar a las hormigas. Porque, aunque los gigantes dejan todo hecho un zafarrancho cuando salen a trotar (derriban árboles, aplastan techos de casas y abollan autos), son muy cuidadosos con la hormigas. Es como un pacto de la naturaleza. Nunca corren en territorios con hormigueros. Caminan con cuidado, fijándose con mucho detenimiento en lo que hay debajo de cada pie.
La tercera y última condición es no casarse con una enanita. Condición bastante injusta, porque los gigantes adoran las cosas pequeñas, y quién es quién para decidir cuestiones del corazón.
Repasemos las tres condiciones para ser gigante:
1) Nacer demasiado grande.
2) No pisar hormigas
3) No enamorarse de una enanita.
¿En algún lado dice que un gigante no puede enamorarse de un hada madrina?
¡No!
Por eso, Anselmo Tobillolargo se enamoró perdidamente de Pipí Cucú, un hada de lo más simpática que le hablaba a su varita mágica en guaraní.
“¡Ah!”, dirán ustedes. “Pero un hada madrina es un ser muy chiquitito. Más chiquitito que una enanita”
Claro que sí. Y tienen razón. Pero las reglas, cuando no han sido escritas entre todos, son así de injustas. Si el texto dice “enanita” es “enanita” y se acabó, no importa si hay otros seres con características semejantes. Una hada madrina, por más chiquitita que sea, no es una enanita.
Así que Anselmo se enamoró sin remordimientos, como todo buen gigante.pipicucu2

 

 

 

La vio por primera vez una mañana de sol, parada sobre una ramita, imitando a una cereza de monte. Muy concentrada estaba, hinchando la panza para que pareciera redondita, reteniendo el aire para que los cachetes se le pusieran colorados. Tan inmóvil, redonda y colorada estaba, que si no fuera por sus alitas, Anselmo la hubiera confundido con una verdadera cereza. Le hizo gracia tanto esmero, pero no se rió ni un poquito, porque Anselmo sabía que solo los grandes talentos se animan a realizar acciones que a la gente común le parecen un sinsentido.
Y se enamoró del hada justamente por eso, por su esmero en buscar lo imposible.
Decidido a averiguar por qué hacía lo que hacía, se sentó junto al árbol a esperar que el hada terminara de imitar a una cereza. Pero llegó la noche y Pipí Cucú, medio asfixiada, seguía intentando mimetizarse y a Tobillolargo le dio sueño y se quedó dormido. Al amanecer se despertó, miró la ramita, y el hada madrina ya no estaba. Así son las hadas.
Sin embargo en el suelo escrito con polvo y brillantina decía:

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La segunda vez que Anselmo vio al hada estaba colgada de una ramita de guatambú, cabeza abajo y con las alas cruzadas sobre el pecho. Le costó reconocerla, porque Pipí Cucú se había pintado los cachetes y las alas con carbón. A su lado dormía la siesta plácidamente un murciélago, sin sobresaltos ni pesadillas. Pipí Cucú no dormía, pero lo intentaba.
A Anselmo le pareció que no era una posición muy cómoda: la sangre se le bajaba a la cabeza como cuando uno hace la vertical. No quiso interrumpirla, y se sentó contra un árbol a esperar.
Anselmo quería preguntarle por qué imitaba a un murciélago y también si quería casarse con él. Los gigantes nunca andan con rodeos. Pero pasaron las horas y a Tobillolargo le dio sueño y se quedó dormido. Cuando se despertó el hada ya no estaba.
Sin embargo en el suelo escrito con polvo y brillantina decía:

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Dicen que la tercera es la vencida. Por eso, y por las dudas de que la volviera a encontrar, Anselmo durmió la siesta bajo un lapacho: no era cuestión de quedarse dormido otra vez. Así, bien descansado, salió a buscarla. La encontró a la orilla del monte, juntando plumitas por el piso y pegándoselas sobre el cuerpo.
“¡Zas!”, pensó Anselmo. “Ahora quiere ser un angelito”. Pero no. Para su sorpresa, una vez concluido el disfraz, el hada voló por sobre la ruta que marcaba el final del monte y se posó sobre un alambrado. Se quedó quietita, cantando bajito un “pío-pío”.
-Cof, cof -tosió Anselmo, intentando llamar la atención del hada.
En efecto, Pipí Cucú miró para arriba y dijo :
-Buen provecho.
“¿Buen provecho?”, pensó Anselmo confundido. “¡Esta pequeñita está un poco chiflada!”. De todas formas quiso ser cortés y agradeció:
-Gracias, señorita hada madrina.
-¡¿Cómo?! ¡¿Cómo que “señorita hada madrina”?!- protestó Pipí.
-Perdón – se apuró a decir Anselmo- ¡Qué distraído soy! ¡Si usted es una señorita pajarito!
-Ji, ji -rió el hada-. Me sale tan bien que nadie se da cuenta de que soy un hada.
-¡Oh, no, no! Yo ni siquiera lo sospechaba.
-Bueno -se disgustó-, hágame el favor de no desconcentrarme más, que tengo que quedarme quietita sobre un alambrado para experimentar la civilización, como lo hacen alguna vez en su vida todos los pajaritos del monte.
-Cómo no. Pero yo solo le quiero robar un minutito nada más. Debo hacerle una pregunta misteriosa -dijo bajito Anselmo.
Las hadas son unos seres tan pero tan curiosos, que aunque tengan que cumplir la misión pajaril más estricta, siempre caen en la trampa cuando se les ofrece un secretito.
-¿Qué cosa?, ¿qué cosa? Dele, cuénteme, mi gran hombre, mi karaité guazú.
Eso de “gran hombre” a Tobillolargo le sonó a “héroe” y entonces se envalentonó. En vez de preguntarle por qué se dedicaba a imitar cosas (que es lo que le iba a preguntar al principio) le preguntó aquello que no se debe decir nunca en una primera cita:
-¿Te querés casar conmigo?
Cualquier otra hada madrina hubiera explotado de la risa, hubiera pensado que el torpe de Tobillolargo no llegaba ni a los brevísimos tobillos del hada. Pero Pipí no se rió ni un poquito. Por el contrario, se puso muy seria.
-Disculpe, señor gigante. Pero ahora no puedo. Estoy muy ocupada resolviendo una duda que tengo.
-¿Puedo ayudarla?
-No.
-Snif.
-Bueno, no se ponga así, tan grandulón, tan guazú. Le agradezco de todo corazón, pero no puede ayudarme. Y sí me quiere de verdad, le ruego que me deje seguir con mi tarea de pajarito.
Anselmo se sintió triste por el rechazo. Se quedó sentado, quietito donde estaba, cumpliendo el pedido de no interrumpir a su amada. Lloró un poquito, lo suficiente como para crear una laguna en la que nadaron tres patos  y dos mojarritas, y luego se quedó dormido aunque había hecho siesta.
Al día siguiente, la frase escrita en el piso con polvo y brillantina decía:

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Cuando un gigante se enamora y no es correspondido, en vez de deshojar margaritas deshoja molinos.
“Me quiere, no me quiere, me quiere… no me quiere.” A cada molino que deshojaba Anselmo le respondía una fatalidad: “no”, “no”, y “no”. Y como los gigantes no son personas que acepten fácilmente los infortunios que les depara el destino, Anselmo insistía con otro molino.

La cuestión es que a los paisanos no les hacía ninguna gracia que un gigante enamorado saliera del monte y se acercara a sus campos para consultar la suerte con sus molinos.
Se organizaron y fueron a buscarlo allá, en lo profundo de la selva. Le dijeron:
-Anselmo, chamigo: por favor, deje nuestros molinos en paz.
Anselmo estaba tan triste que no los escuchó.
Los paisanos creyeron que los ignoraba, que no los quería escuchar. Y entonces le declararon la guerra: “La próxima vez que toque un molino, lo pagará con su vida”. Ni bien terminaron de decirlo, Anselmo se secó un par de lágrimas y, dispuesto a darle al destino una oportunidad más, sacó del bolsillo un molino que había arrancado hacía poquito y comenzó a deshojarlo: “Me quiere, no me quiere, me quiere… no me quiere…¡buaaaaaaaa!, lloraba el grandulón.
Los paisanos consideraron que era el colmo, que el gigante los desafiaba delante de sus narices. Entonces fueron a pedirles prestados lo arcos y las flechas a sus vecinos los indios, que en ese momento estaban tomando mate y a quienes le dio bastante fiaca tener que desempolvar sus armas, que no usaban desde que el gran jefe Cara Mará, aburrido de la guerra se había dedicado a cultivar orquídeas.
Cuando volvieron, el gigante todavía lloraba.
-¿Por qué no me quiere nada? ¿Por qué, por qué, por qué?
Y de repente por primera vez experimentó la picadura de un mosquito. Se dijo: “Qué raro”, y se rascó una rodilla. Se dijo: “Qué raro”, y se rascó una oreja. Se dijo: “Qué raro”, y se rascó la panza. En los minutos siguientes le picó absolutamente todo y se puso molesto, lo cual fue bueno, porque le permitió olvidarse un momento de sus penas.
-A ver, mosquitos, si se dejan de molestar porque estoy muy triste – dijo manoteando el aire para espantarlos.
Los paisanos se sintieron insultados.
-¡Más mosquito serás vos! -respondieron.
Al escucharlos, Anselmo miró para abajo. Se sorprendió al encontrarse con un grupo de personas que lo apuntaban con flechas.
-¡Epa! Por favor, ¿qué les sucede? No es necesario ponerse agresivos.
-¿Cómo que no es necesario ponerse agresivos? El primero que insultó fue usted, chamigo grandulón, que nos llamó “mosquitos”.
-Les pido mil disculpas, esto es una confusión, no quise ofenderlos.
-No aceptamos ninguna disculpa. Estamos furiosos porque nos está destruyendo todos los molinos y no tenemos cómo sacar el agua para nuestras casas y así no podemos preparar el mate cocido y no tenemos en qué mojar las tortas fritas cada mañana. ¿Se puede saber por qué?
Tanta información culinaria dejó un poco confundido al gigante, que por las dudas volvió a pedir perdón.
-Perdónenme, es que estoy enamorado, snif.
-¡Basta de llorar, que no trajimos paraguas!
Anselmo les explicó a los granjeros que era un gigante inútil, tosco y feo y que se había enamorado de un hada madrina joven, bonita y elegante que no aceptaba sus galanteos. Que si para conseguir que el destino los uniera tenía que deshojar todos los molinos del universo, él lo haría aunque los paisanos le tiraran flechas, y los marcianos, rayos verdes.
Eso de los rayos verdes impresionó bastante a los paisanos, que comprendieron que la violencia no servía para hacer entrar en razón a un enamorado. Y entonces decidieron ayudarlo. Con los arcos fabricaron arpas, y flautas con las flechas. Y se armó un concierto de melodías delicadas, para atraer al hada madrina.
Acertaron con el procedimiento, porque en instantes apareció la susodicha, con tutú reluciente y un brillito en los ojos.
-Tanta pachanga y yo no estoy invitada
-¡Oh, hermosa hada madrina! ¡Bienvenida, welcome, eyuporaité! -dijo un paisano haciendo una reverencia demasiado exagerada. Y como sabía que las hadas adoran la rimas, ensayó una con todo su talento:

¡Oh! Hermosa hada madrina,
dueña del llanto y la risa.
¡Oh! Hermosa hada madrina,
dueña del…techo y la repisa.
¡Oh! Hermosa hada madrina,
dueña del… pan y la pizza.
¡Oh!..

Claro que era mucho mejor productor de zapallos que de poesías. No pudo continuar porque alguien le dio un codazo y le dijo: “Redondeá, que te estás poniendo pesado”. Entonces, el pobre paisano retomó el aire y dijo:

¡Oh! Hermosa hada madrina,
¡que seas muy bienvenida!

Pipí Cucú se rió encantada: “Ji, ji, ji”, y agradeció con aplausos de hada, de esos que salpican papelitos de colores.
Y el paisano, ahora devenido en poeta exitoso, se sintió muy halagado.
-Ya les decía yo que tenía que tener otros talentos además de cultivar los más grandes zapallos de la zona.
-Nosotros no podemos adivinar el destino -dijo otro paisano- , pero nos contó un pajarito que usted anda queriendo enamorarse.
-¡Ay!, no sé, no sé -dijo pizpereta, el hada.
-El mismo pajarito -continuó el paisano- nos contó que si usted se tapa los ojos con este pañuelo y da un par de vuelta hasta marearse, cuando logre estabilizarse está en brazos de su enamorado.
-¡Ay, no estoy muy segura! -dudó ella.
-Claro, m`hija, que no está segura -dijo el paisano con tono sabiondo-, pero eso es porque no sabe lo que el destino tiene para usted. Cuando lo sepa, ya no sentirá inseguridad.
Como se imaginan, el hada dio tres vueltas, caminó medio mareada para un costado, tropezó con una raíz de mandioca y terminó en brazos de Anselmo. Claro que al destino lo ayudaron entre todos: los paisanos se corrieron y Anselmo estiró su gran manota hasta formar una asiento a medida del hada.
-¡Oh! – se sorprendió el hada al quitarse la venda- ¡Otra vez usted, karaité guazú!
Y mirando al paisano que hablaba con tono de sabiondo le dijo:
-¿Está seguro de que el destino no falla?
-¡Jamás! -contestó, pensando en el mate cocido con tortas fritas.
-Entonces, si ponemos a prueba a Anselmo, el destino le tiene que contestar lo mismo, ¿no? -desafió el hada. Y antes de que alguien le pudiera decir que no, arrancó una margarita y la puso en las manos del gigante. Anselmo tembló un poquito: nunca había deshojado una margarita y temía que se repitiera el fracaso de los molinos. Deshojarla le resultó bastante difícil porque la flor era muy pequeñita:
-Me quiere mucho, poquito, nada…
Los paisanos cruzaron los dedos. Como cuarenta pares de dedos cruzados había. Un silencio mortal. Y el resultado fue:
-…¡poquito! ¡Me quiere poquito! -gritó Anselmo. Como estaba tan contento, festejó con tres aleluyas y abrazó una montaña. Así son los gigantes.
Los paisanos también son gente positiva que apuesta al amor y prefiere siempre los festejos a las lágrimas, así que dieron por sentado que se avecinaba una despedida de soltero y descorcharon una sidra y se pusieron a brindar.
Pero el hada madrina era de esas personas que siempre piensan las cosas dos veces. Se quedó pensativa. ¿Qué significaba que ella lo quería poquito? ¿Qué casi no lo quería? Después de un rato decidió:
-¡Atención, atención, enatendequé!  pidió a gritos para hacerse oír-. Les agradezco a todos que sean tan cariñosos conmigo, pero no puedo aceptar a Tobillolargo como marido, aunque tiene los tobillos más bonitos de la región.
Anselmo se atragantó, no sabía que las chicas se fijaban en los tobillos de los muchachos.
-No puedo aceptarlo como marido -continuó el hada-. Solo puedo casarme con quien pueda comprender mi búsqueda interior. Les pido perdón a todos, especialmente a usted, mi karaité guazú.
Eso fue todo lo que dijo: Después desapareció. En el piso, la frase escrita con polvo y brillantina decía:

 

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Ooootra vez los lagrimones, las lagunitas, los patos y las mojarritas.
-Vamos, compadre -intentó consolar a Tobillolargo uno de los paisanos-: sea un hombre y no llore, al menos nos dejó una pista.
-Los hombres también lloran -lo defendió una hormiguita que pasaba por ahí.
-Vamos chamigo- insistió el paisano-, que no debe ser tan difícil comprender la búsqueda interior de un hada.
-¡Qué va! -dijo un hormigo que pasaba por ahí-. Todas la mujeres son incomprensibles. Si lo sabré yo.
-¡A ver, hormigas, si se ponen las pilas! -se enojó el paisano-. Que acá, si esto no tiene un final feliz, las primeras que van a morir ahogadas son ustedes.
-Está bien, está bien -dijeron-. Pensemos entre todas.
Y llamaron a otras hormigas que pasaban por ahí. Entre hormigas y paisanos se juntó una multitud. Una hormiga intelectual escribió los acertijos del hada en el piso, con letra bien grande, para que todos pudieran ver.
-¡Caramba! Parece un poema mal hecho. ¡No rima! -dijo un paisano confundido.
Y medio se quedaron en silencio, porque no sabían bien qué era aquello. Por suerte, un tucán viejo y descolorido se acercó al grupo para ver qué pasaba.
Miró de reojo y dictaminó:
-Es un haiku.
-¿Lo qué? -se preguntaron todos a coro.
-Un haiku -insistió el tucán, que era un animal muy sabio-: una poesía oriental, muy cortita. Los japoneses consideran que cuanto menos palabras se usan, más cosas se dicen. Un haiku intenta capturar la esencia de las cosas.
-¿Y usted qué sabe de Oriente? -le preguntó una víbora desconfiada que no había entendido ni jota. A esta altura, entre los hombres y las hormigas se había colado un montón de animalitos curiosos.
-He viajado mucho, gurisa. Fue en aquellas épocas de hippie en las que recorría el mundo vendiendo collares de semillas de pindó – le respondió el tucán, medio ofendido, y volvió a leer detenidamente lo que había escrito el hada-. ¿Me parece a mí o este haiku dice que los paisanos andan tramando algo? -preguntó, mirándolos por sobre los anteojos.
-Y bueno -se disculpó el que se había hecho el sabiondo-, es cierto que tratamos amablemente al hada y que intentamos enamorarla de Anselmo porque queríamos algo a cambio, pero fue todo por una buena causa.
-No habrá sido por un mate cocido con tortas fritas, ¿no? -increpó el tucán.
-Bueno, chamigo: tenga en cuenta que también toman el mate cocido nuestros hijitos, que tienen que desayunar para ir a la escuela.
-En fin -suspiró el tucán… y saludó porque se le hacía tarde para dormir la siesta.anselmotobillolargo

 

Había un misterio poético que resolver. ¿Qué quería decir el hada con cada haiku? Los paisanos se sentaron en ronda a pensar. ¿Qué nada es perfecto? ¿Qué nadie es perfecto? ¿Qué no existe el príncipe azul?
Una hormiga preparó mate, una paisana trajo bizcochos y un mono convidó bananas. Entre sorbo y mordiscos fueron apareciendo las ideas:
-Parece que después de imitar a una cereza, Pipí se dio cuenta de que todas las cosas tienen algún defecto. Por ejemplo un carozo duro de roer -dijo alguien por ahí.
-También las cosas malas tienen alguna virtud. El murciélago, feo entre los feos, tiene los sueños más bonitos -suspiró una paisana.
-¡Claro! -dijeron todos, que ya empezaban a comprender.
-¡Ufa! Nada es perfecto, eso no me gusta -protestó la víbora-. Yo por ejemplo, me arrastro por el piso raspándome la panza porque soy pura cola.
-¡Eso no es nada! Fíjese que la tiene tan lustrosa que muchas desearía comprarla para hacerse una cartera -replicó el sapo-. En cambio, yo, por ejemplo, tengo una piel rugosa, soy ancho, chato, sufro de sobrepeso y ni siquiera tengo cola.
-¡Eso no es nada! -le dijo el tapir al sapo-. Si bien es cierto que está tan gordito que ya no tiene cola, fíjese qué lindas polcas canta con ese vozarrón. En cambio, yo, por ejemplo, tengo este mugido, ladrido, balido o lo que sea. ¡Si será malo, que ni siquiera tiene un nombre propio en el diccionario!
-¡Eso no es nada! -le dijeron las hormigas al tapir-. Es cierto que sus sonidos son bestiales. Pero fíjese con qué elegancia trota por el campito. En cambio, nosotras, por ejemplo…
-¡Suficiente! -exclamó Anselmo, que ya se mareaba de tanto diálogo-. Ya comprendí. Nadie es perfecto. Pero Pipí Cucú sí está buscando al hombre perfecto.
-¡Claro! -asintieron todos-. Ella es bonita, tiene alas y varita…, así que debe ser perfecta.
-¡No señor! -tronó el tucán, que con tanto alboroto bajó su árbol no podía dormir la siesta-. El hada tampoco es perfecta. Pero no es tonta. Sabe que el príncipe azul es puro cuento.
-Eso me gusta -aplaudió la víbora.
-Tan solo busca un novio que tenga lo que ella necesita.
-Pero ¿quién, QUIÉN, tiene eso que ella busca? -preguntó el gigante desesperado.
-¡Usted!
-¿Yooo?
-¡Sí, usted!
-Pero yo, ¿qué puedo darle?
-¡La sencillez, chamigo! Pipí tampoco es perfecta y necesita lo que a usted le sobra: su sencillez. Lo que para un gigante son defectos, para un hada son puras virtudes. Usted es grandote y simple, ella es pequeñita y complicada.
-Pero somos justo lo opuesto -dijo el gigante, que todavía no comprendía.
-A mí la maestra me enseñó que los polos  opuestos se atraen -dijo una hormiguita.
-Hágame caso, Anselmo: desafíela a que escriba un haiku sobre un gigante. Y cuando se dé cuenta de que usted es su media naranja, apúrese a hacer como cualquier príncipe azul: regálele un ramo de rosas y una caja de bombones. Créame que nunca falla -dijo triunfante el tucán.

Esa noche, Anselmo no pudo dormir. Es que al día siguiente iría por última vez a pedirle la mano a Pipí. Ya no estaba seguro de que fuera a tener suerte, pero para no enojar a los paisanos no arrancó ningún molino.
El sol salió temprano, y temprano partió Anselmo en búsqueda de su amada. No sabía bien por dónde empezar, porque ella siempre estaba en los lugares inesperados. La encontró de casualidad. Esta vez, dormía acurrucadita dentro de una orquídea blanca. No parecía estar imitando algo, pero así, roncando bajito, a Tobillolargo le pareció un angelito caído del cielo. Esperó pacientemente a que se despertara.
-Oooh -bostezó el hada abriendo la bocota con menos delicadeza que un león del África. Tenía los ojos achinaditos y pegoteados. El pelo hecho un desorden. Pero una sonrisa impecable en el rostro.
“Es un encanto”, pensó el gigante.
-Buenos días a todos -cacareó el hada-. ¿Cuál es mi misión de hoy?
Por supuesto que Pipí no esperaba que alguien le respondiera. Por eso dio un brinco cuando escuchó una voz que decía:
-Imitar a un gigante.
Se dio la vuelta y allá arriba lo vio a Anselmo.
-Si es un hada talentosa, quizá pueda descubrir mi esencia – la desafió.
-¡Claro que soy un hada talentosa! -respondió con orgullo.
-Mmmmmmm -dudó Anselmo.
-¡Claro que soy talentosa! -insistió, y se puso en puntas de pie intentando ser lo más alta posible.
No fue suficiente, claro. entonces, se puso tacos altos.
Tampoco alcanzó. Entonces, apiló cajitas y cajitas de chicles. Muchísimas cajitas apiló. Cuando formó casi una montaña voló hasta la punta y se sentó. Ahora sí tenía la altura del gigante.
Pero no era suficiente. Le faltaba ser sencilla. Probó durante cuatro días ser sencilla, pero le resultó bastante complicado porque se preocupaba por casi todo: por el mal de Chagas (aunque en ese monte no hubiera vinchucas), por los accidentes de tránsito (aunque Pipí no tenía auto), por la yerba mate que venía con palitos. El gigante le dio algunas pistas para combatir la preocupación: cantar bajo la ducha, tomar picolé de frutillas y jugar a la casita robada.
Esto de comer, jugar y disfrutar era algo que Pipí no se permitía, tan preocupada por ideas complicadas. A fuerza de tomar tanto picolé de frutillas, le dio una sensación como de tranquilidad estomacal que nunca había sentido.
Luego de un tiempo volvió a subirse a la pila de cajitas de chicles. Y entonces, así aliviada como estaba, por primera vez se dio tiempo para mirar al gigante a los ojos. Le parecieron grandotes y profundos. Serenos como su tranquilidad estomacal. Y entonces se dio cuenta de que se había puesto colorada, pero no precisamente por tomar picolé de frutillas. Sintió las mismas cosquillas que había sentido cuando se moría de risa jugando a la casita robada con los cascarudos. Escuchó que allá abajo una hormiguita cantaba:
-Se puso colorada, lará, lará, lará…
Y como si fuera poco el papelón que estaba pasando, un grupo de paisanos entonó con ritmo futbolero:
-¡Que se besen, que se besen!
Entonces, el hada perdió el equilibrio y rodó cajitas de chicles abajo. La esperaban en el piso con una tiza y un pizarrón.
-Escriba ese poema para el grandulón, dele, dele -le pidieron.
Todavía medio confundida, el hada escribió: 

pizarra y tizas2

Cuando terminó de escribir, no despareció como hacía siempre. Una buena señal.
Los paisanos son gente positiva que apuesta al amor y prefiere siempre los festejos, así que volvieron a suponer que se avecinaba una despedida de soltero y trajeron las sidras. Pero esta vez no las descorcharon. Por las dudas. Alguien le dio un empujoncito al gigante y lo animó:
-Dale, chamigo: encare a la señorita.
El hada pateaba despacio una piedrita con la punta del pie y miraba al piso, toda colorada.
Tobillolargo se arrodilló, le ofreció una rosa y una caja de bombones y le preguntó con tono formal:
-Señorita hada madrina, ¿podría usted… explicarme por qué imita a una cereza?
Los paisanos se agarraron la cabeza. Una hormigo lo retó:
-¡Si serás chambón! Eso se lo tendrías que haber preguntado antes, la primera vez que hablaste con ella. Ahora, con una rosa en la mano, le tenés que preguntar si quiere ser tu novia.
-¡Pido gancho, pido gancho! -se apresuró a decir Anselmo.
El hada se miró las uñas y con tono indiferente, como si nada hubiera pasado, dijo:
-Concedido.
Entonces, Anselmo rebobinó y volvió a arrodillarse ofreciéndole una rosa y una caja de bombones. Le preguntó nuevamente, con voz formal:
-¿Querés ser mi novia?
-Sííííí  -palmoteó, feliz, el hada y salpicó arroz de colores.
Ahora sí, los paisanos descorcharon y brindaron. Los animalitos del monte se acercaron y también brindaron, pero con miel de abejas. Una banda de chicharras se puso a tocar chamamé, y cuentan que la jarana fue tan grande, tan grande, que dio la vuelta al mundo y llegó hasta los oídos de un poeta japonés, que se confundió y escribió el primer haiku en guaraní.

terminacion cuento

 

 

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CRISTINA MACJUS

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Don Muniz y los merengues

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Se llamaba Segundo Muniz y, desde siempre, el único oficio que había tenido era el de milico. En aquella zona, un buen oficio. Buena gente, honesta y trabajadora, se reunía para divertirse en bailes, pencas o riñas. Así que el de Muniz era lindo oficio. Acompañar a un superior en recorrida, llevar un aviso a algún vecino; en fin; poca cosa. Y sin apuro, porque Muniz no era hombre de eso. Siempre al tranco, se hamacaba la enorme vaina de lata de su sable, al que nunca nadie había visto fuera de aquella.
Esta vez, había tenido que ir a lo de Perdomo, donde pudo haberse quedado hasta el día siguiente. Pero prefirió, llegando incluso a trotear, pasar la noche en la Estancia Vieja. Le gustaba de veras entrar en la rueda de la cocina de los peones, donde era por todos conocido y en donde, cuando se ofrecía oportunidad, don Muniz -como lo llamaban- también solía tallar fuerte.
grupoDespués de desensillar, entró en la cocina y encontró la rueda armada; la encendía una prosa en la que se alternaban los más diversos temas y para cuyo tratamiento no se exigía una inflexible adhesión a la verdad.
Cuando entró se estaba hablando de dulces. Cada uno iba exponiendo su gusto en la materia, agregando, a veces a modo de fundamentación, las características más notables del postre de preferencia.
-¡A la natilla con azúcar quemada hay que sacarle el sombrero! -decía Eustaquio.
Y fueron desfilando los “caseros” y los “comprados”. Los ticholos, el dulce de moniato, la rapadura, la guayabada, el de zapallo, la conserva de durazno…Evocados todos por ardientes defensores.
-Pa`mí no hay como el merengue -dijo Macario-. Habrá dulce lindo, pero como el merengue…¡es dura la vida pa`hallar!
Don Muniz, afirmando que no le daba la derecha a nadie, se había apuntado con el arroz con leche con canela y enaltecía las virtudes de este con el mismo fervor con el que podría haber defendido las condiciones de un caudillo.
Pero Macario tampoco aflojaba con los merengues y, lógicamente, terminó enfrentándose con don Muniz.
-¿Y usted a probado los merengues alguna vez? – le dijo.
Muniz se sobresaltó, sorprendido por una pregunta que no esperaba. Él no era embustero, pero confesar su desconocimiento acerca de los merengues era flaquear y ayudar a la derrota del arroz con leche con canela.
Aunque no con mucha firmeza, respondió:
-Estás loco…¿Cómo no voy a haber probado los merengues?
Macario desconfió. Pero como don Muniz era una persona mayor, no podía decirle que desconfiaba una mentira. ¡Pero también había que defender los merengues!
-¿Y dónde comió merengue…? -preguntó casi gritando.
Don Muniz ya se había recobrado. Entonces, se compuso el pecho y, serenamente y con todo aplomo, comenzó a responder:
-Bueno, mirá…hace dos veranos yo venía pa`este lado, y en la Picada de Passano había un árbol que se caía de cargado. Comí dos o tres nomás… Estaban calientes del sol y tuve miedo de que me hicieran mal. Había muchos en el suelo… pero como estaban muy picados por las hormigas, los dejé.tomandomate

Cuento de tradición oral de Uruguay
Versión de José María Obaldía 

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